La residencia
Se supone que uno de los grandes logros celebrables de este año debería ser el haber formalizado mi relación con Colombia a través de una cédula de extranjería, que si bien me pone en una categoría de ni muy muy ni tan tan (porque ni muy muy extranjera, pero ni tan tan ciudadana) es considerado un paso grandísimo en términos de beneficios y otras cosas con las que fantasea el inmigrante recién llegado.
Es que...
Ocho años atrás llegué a este país con un colchón inflable metido en una maleta, sin plata, sin papeles, sin trabajo, sin contactos, empujada por puro instinto de supervivencia y la determinación de echarle bolas, y no lo digo para esquivar el cliché de la maleta llena de sueños porque yo ni eso traía, estaba aterrada, deprimida y atragantándome en mi desilusión. Todo mejoró, logré mucho más de lo que alguna vez me pude haber propuesto, fui capaz de hacer cosas que jamás habría imaginado y ahora tengo una vida en la que no sólo sobrevivo sino que además sueño y me muevo por ello.
Pero...
Cuando uno saca la cabeza del modo de emergencia, es capaz de observar todos los aspectos de la vida que no son considerados urgentes (aunque sí son importantes) y fue así como entré en un nuevo peo existencial, porque es que muchas cosas han cambiado para bien, pero otras me ponen a dudar.
Digamos que mi obsesión fantasía por tener autonomía se me fue un poquito de las manos y "mi mundo" depende 100% de mí. Eso me ha aislado. Si bien he sido solitaria toda mi vida, eso de no celebrar mi cumpleaños y pasar navidades viendo Netflix, nunca hizo parte de mi personalidad.
A menudo siento que aquí no soy parte de nada: en el gimnasio sigo viendo a los mismos extraños de los cuales no sé nada y en otros sitios donde he creído haber hecho amigos tampoco soy invitada o involucrada en nada, ni soy incluída a grupos, nada. A mí en Maracaibo siempre me pasó exactamente lo contrario: invitada o no, terminaba siendo parte de todo, amiga de todo el mundo, teniendo conocidos en todos lados y admito que extraño esa familiaridad, ese relajo, esa versatilidad.
Al mismo tiempo, esta ciudad ha cambiado, se ha vuelto caótica y cara y con eso, menos amigable, entonces también he empezado a sentir que extraño disfrutar la ciudad en la que vivo, extraño sentir suficiente curiosidad para salir y no tener esta necesidad de retraerme por algún rollo externo, extraño sentirme bienvenida, en confianza, rodeada de personas de las que difrute su compañía sin más, amiguear sin mentes, tener planes espontáneos
El punto:
La cédula de residencia ha sido agridulce, porque en papel se supone que soy parte de algo porque llevo 8 años habitando un lugar en donde ya debería pertenecer, y no, estoy casi tan sola como el día 1, igual de ajena a los cambios del clima y del tráfico, rodeada de afecto virtual de amigos que viven lejos, con los mismos peos de tipo de documento en el banco y de paso con la mardita foto más horrible que me han sacado en mi vida impresa en el malayo documento (para los curiosos, es la última del carrete).
Quizás tenía la expectativa de que el papel me hiciera sentir menos extranjera. A lo mejor esa sensación cesará si me cambio de lugar o tal vez me acompañe el resto de mi vida sin importar a donde esté, quién sabe. Puede que esté teniendo un momento de malcriadez (¿?) porque me abandonaron un par de ilusiones y con el corazón roto mi primer impulso siempre es escapar. Quizás el problema sea yo porque quizás olvidé cómo quedarme y pertener.
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